Desde el momento en que crucé la esquina que da hacia el auditorio, sentí que algo distinto estaba a punto de ocurrir. No sé si fue por las filas que daban vuelta a la manzana, o por esa mezcla de murmullos, pasos acelerados y emoción contenida en el aire… pero algo me decía que Cúcuta estaba, por fin, despertando a lo digital.
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ToggleCuando compré mi entrada (2 semanas antes del evento, compre la entrada digital número 058) jamás imaginé encontrarme con más de dos mil personas movidas por el mismo impulso: aprender. Entender. Evolucionar. La energía se podía palpar. Esa clase de energía que solo aparece cuando una ciudad siente que está entrando en una nueva etapa.
El arranque: un auditorio lleno y la ciudad latiendo al mismo ritmo
La voz de Sergio Castillo abrió el evento, pero no solo abrió el evento: abrió una ventana hacia quiénes somos como ciudad. Su tono tenía ese equilibrio entre solemnidad y orgullo que solo alguien que conoce la historia de Cúcuta desde adentro puede transmitir. Mientras hablaba de resiliencia, de identidad, de la fuerza con la que hemos aprendido a levantarnos después de cada crisis, sentí que cada palabra caía en el auditorio como un recordatorio suave pero firme: “esto es lo que somos”.
Y entonces llegó el momento que más me marcó: la construcción de CÚCUTA como acrónimo.
C de Creatividad
Cuando lo dijo, pude ver a varias personas sonreír, como si se vieran reflejadas. Porque aquí la creatividad es supervivencia, es ingenio puro, es esa capacidad tan cucuteña de “resolver” incluso cuando parece imposible. Recordé a los comerciantes, a los emprendedores de frontera, a quienes han construido negocios enteros con lo que otros considerarían limitaciones. Sentí un pequeño cosquilleo en el pecho.
U de Única
Única por su historia, por su geografía, por esa mezcla de culturas y desafíos que solo vive una ciudad fronteriza. Mientras él hablaba, me llegó el olor a café que entraba desde el hall, el calorcito típico de Cúcuta colándose por las puertas, y pensé: sí, no hay otra igual. Ni en carácter. Ni en espíritu.
C de Confianza
Una palabra que, pronunciada allí, resonó distinto. Confianza para emprender, para apostar por uno mismo, para invertir sin garantías absolutas, para creer en la región incluso cuando el resto del país no mira hacia acá. Vi algunos empresarios tomar notas en ese instante, y me pregunté cuántos estaban allí buscando justamente eso: recuperar la confianza.
U de Unión
Cuando mencionó la unión, una sensación cálida llenó la sala. Todos sabemos de qué hablaba: de las épocas duras, de los cierres fronterizos, de las crisis que nos obligaron a transformarnos. Pero también de cómo familias enteras se apoyaron entre sí, cómo los comerciantes se cuidaron unos a otros, cómo esta ciudad tiene esa cualidad extraña de hacerse fuerte precisamente cuando está más presionada.
T de Trabajo
Trabajo honesto. Trabajo diario. Trabajo del bueno. Ahí fue imposible no pensar en el ritmo de la ciudad, en el movimiento de los andenes, en los negocios que abren desde antes del amanecer, en esa ética que nos define. Yo mismo asentí sin darme cuenta.
A de Acción
Acción para reconstruirse tras el terremoto de 1875, acción para renacer después de cada golpe económico, acción para innovar aunque no haya manual, acción para avanzar incluso cuando faltan recursos. En ese momento, el auditorio rompió en un aplauso profundo, de esos que nacen del pecho y no de la cortesía.
Mientras Sergio avanzaba con su discurso, yo miraba a mi alrededor y veía cabezas que asentían al unísono, ojos atentos, cuerpos inclinados hacia adelante, como si todos quisiéramos absorber hasta la última palabra. No era un discurso más. Era una declaración. Una reafirmación de identidad.
Un recordatorio de que Cúcuta siempre ha sido una ciudad que hace, que crea, que insiste, que se adapta y que se levanta.
Y ahí estaba yo, sentado entre cientos de emprendedores, empresarios y público en general sintiendo cómo sus palabras reverberaban con cada aplauso… como si la ciudad entera respirara junto a nosotros.
SoyMartán y el golpe de realidad: el tiempo es vida
Cuando subió SoyMartán al escenario, el ambiente cambió como si alguien hubiera abierto una ventana gigante y dejara entrar luz fresca. No fue solo su presencia: fue la forma en que caminó, cómo tomó el micrófono y cómo dejó un silencio exacto, calculado, antes de hablar. Ese segundo de silencio (uno que en cualquier otro speaker pasaría desapercibido) preparó algo en el aire. Y entonces soltó su primera frase:
“El 98.5% de las personas no saben usar la IA.”
No hubo música, no hubo diapositiva impactante, no hubo animación. Solo esa frase que cayó como una piedra en un lago perfectamente quieto. Una onda expansiva, inevitable, recorrió el auditorio. Sentí los cuerpos enderezarse, vi ojos abrirse de golpe, escuché incluso un par de murmullos tensos, como si varios hubieran sido descubiertos.
Vaya manera de arrancar.
Su estilo era directo, sin adornos, sin “motivación barata”. Tenía esa forma de hablar de alguien que ya vivió los dolores de perder tiempo, de correr detrás de tareas repetitivas, de llegar a la noche sintiendo que no avanzó lo suficiente. Mientras hablaba del tiempo (no del reloj, sino del tiempo humano) sentí un pinchazo en el pecho. Ese tipo de pinchazo que llega cuando alguien te dice exactamente lo que necesitabas escuchar, aunque no quisieras admitirlo.
Habló de automatización, de productividad real, de cómo estamos gastando horas en cosas que la IA ya puede resolver en minutos. Y lo dijo sin regaños, sin superioridad. Lo dijo como quien comparte una ruta de escape que él mismo descubrió.
Luego vino la parte que descolocó a todos.
Abrió Suno AI, empezó a escribir un par de líneas… y en cuestión de segundos estaba creando una canción completa sobre el Congreso de Marketing Digital de Cúcuta. Aún puedo escuchar las risas, los gritos, los aplausos. La sorpresa colectiva fue tan fuerte que parecía una ola moviéndose fila por fila. Yo, que he visto cientos de demos, no pude evitar sonreír viendo magia por primera vez.
En ese momento pensé:
“Cúcuta tiene que ver esto… Cúcuta tiene que entenderlo.”
Y no porque fuera espectacular (que lo fue), sino porque representaba lo que significa esta nueva era: ideas que nacen en segundos, herramientas que multiplican el tiempo, posibilidades que antes estaban reservadas para grandes equipos y ahora están al alcance de cualquiera.
SoyMartán no dio una ponencia. Dio una visión. Una sacudida hacia el futuro.
Canción creada con IA en vivo
Networking sin pena: Lucho Orozco y la magia cruda de lo humano
Luego de SoyMartan entro Lucho trajo a escena lo más antiguo y esencial de los negocios: el contacto humano.
Entró con una naturalidad tan auténtica, tan sin poses, que el auditorio bajó la guardia al instante. No se escondió detrás de slides sofisticadas ni de frases de libro. Habló desde la calle, usó en sus diapositivas el tema de San Andrés y habló desde la vida real de quienes emprenden con miedo, con facturas por pagar, con proyectos que dependen literalmente del próximo cliente.
Su mensaje no necesitaba adornos:
la pena mata ventas.
Y lo demostró de una forma que, honestamente, jamás había visto en un congreso.
Pidió que todos nos volviéramos hacia la persona de al lado. Que nos presentáramos. Que dijéramos qué hacíamos. Que pidiéramos su número. Y no como obligación: como ejercicio para romper esa vergüenza que, aunque nadie lo admita públicamente, la mayoría arrastra.
Fue impresionante.
En cuestión de segundos ya tenía 3 contáctos de personas alrededor presentándose conmigo, extendiendo la mano, preguntando por la que hago y viceversa. Vi tarjetas salir de bolsillos, teléfonos desbloquearse, códigos QR escanearse. Escuché risas nerviosas al principio… y risas genuinas apenas un minuto después.
La sala entera se convirtió en una red viva, moviéndose, respirando, conectando un verdadero networking.
Y ahí entendí algo muy simple pero muy poderoso:
A los emprendedores no nos falta conocimiento. Nos falta conexión.
Nos falta romper el hielo.
Nos falta hablar.
Nos falta atrevernos.
Lucho no dio una charla.
Dio una sacudida.
Una de esas que despiertan hasta a quien no quiere despertar.
Una de esas que te recuerdan que emprender no es solo vender:
es relacionarse, es tocar manos, es mirar ojos, es construir confianza.
Yesid Vega: fe, visión y ese nudo en la garganta
Cuando Yesid subió al escenario, el ambiente volvió a cambiar. No de manera abrupta, no como un golpe de energía… sino como cuando alguien baja la intensidad de las luces para contar una historia importante. Su voz, más pausada. Su presencia, más íntima. Su mirada, más profunda. Era como si hubiese entrado no un conferencista, sino un testigo. Alguien que había vivido lo suficiente como para hablar no desde la teoría, sino desde la piel.
En cuanto comenzó a compartir su historia personal, el auditorio hizo algo muy raro en eventos multitudinarios: se quedó en silencio absoluto. No un silencio incómodo, sino uno cargado de respeto. La gente dejó de moverse. Nadie revisaba el celular. Nadie conversaba. Todos, absolutamente todos, escuchábamos.
Habló de sus miedos, de sus fracasos, de los días difíciles y de cómo la fe (esa que no siempre se explica, pero siempre sostiene) lo había sacado adelante. Y mientras contaba cómo había tenido que reinventarse y cómo la espiritualidad había influido en sus decisiones, sentí que algo en el ambiente se hacía más pesado… y a la vez más liviano. Como si cada uno estuviera recordando sus propias batallas personales.
Pero el momento más poderoso llegó sin aviso.
En medio de su intervención, Yesid pidió que todos nos pusiéramos de pie. Lo dijo con una convicción tan transparente que nadie dudó un segundo. De pronto, dos mil personas de diferentes edades, barrios, negocios e historias estábamos levantándonos a la vez. El sonido de las sillas retrocediendo en sincronía creó una especie de ola que recorrió la sala.
Entonces nos pidió que repitiéramos, en voz alta y con fuerza:
“Cúcuta será el epicentro económico de Colombia.”
No era una frase motivacional más. No era un slogan. No era una promesa vacía. Era un acto simbólico. Una declaración de identidad y responsabilidad.
Y cuando cientos de voces repitieron esas palabras al mismo tiempo, retumbando contra las paredes del auditorio, sentí un nudo en la garganta difícil de disimular.
Había algo eléctrico en ese instante. Algo que no venía solo de las palabras, sino del eco emocional que se formó cuando todos creímos (aunque fuera por un segundo) en una visión común. Podías ver gente con la mano en el pecho, ojos brillantes, otros con la mirada perdida como procesando lo que acababan de decir.
Y ahí entendí por qué Yesid había empezado su charla desde lo personal.
Porque antes de hablar de verticales de negocio, de estrategias, de educación digital o de cómo diversificar ingresos, necesitaba recordarnos algo esencial: para construir una ciudad próspera, primero hay que creer en uno mismo. Luego en lo que se hace. Y después en el lugar donde se vive.
Tras ese momento colectivo, Yesid conectó todo con una claridad sorprendente. Habló de cómo los emprendedores no pueden quedarse con un solo camino, de por qué es vital tener un Plan A y un Plan B, de cómo él mismo compite en sectores tan duros Skin Care competidores como Farmatodo y aun así encuentra nuevas formas de crecer. Su mensaje era claro: diversifica, piensa en grande, crea modelos educativos, genera productos informativos, capitaliza tu conocimiento.
Pero aunque todo eso era valioso, lo que se quedó grabado en mí fue el sentimiento.
El orgullo.
La pertenencia.
Las ganas de hacer más.
Porque en ese instante, con todos de pie, repitiendo la misma frase, entendí que no habíamos ido a un congreso de marketing. Habíamos ido a un congreso de visión. De propósito. De identidad.
Y Yesid, con su tono calmado y su corazón abierto, nos lo recordó de la forma más humana posible.
El break del evento: Almuerzo en John Pasteles
A la 1:30 p. m., después de horas de contenido intenso, el estómago decidió que era momento de una tregua. Salimos por la puerta 5 y, con el calor cucuteño recibiéndonos sin pedir permiso, caminamos unos pasos y en la esquina estaba John Pasteles, ese clásico de la ciudad que siempre huele a mantequilla, masa doradita y sus espectaculares jugos.
Junto a mi compañero Jordan quién trabaja el SEO conmigo nos comimos 2 pasteles; y regresamos nuevamente al recinto.
A las 2:00 p. m., con energías renovadas y una foto improvisada como recuerdo, volvimos al auditorio a continuar una jornada que ya se sentía histórica para Cúcuta.
Heisen Vega - Don Brandon: branding con alma
Volvimos al auditorio justo a tiempo para la intervención de Heisen Vega, y desde el primer segundo su presencia creó un ambiente completamente distinto al de los otros speakers. No llegó con estridencia ni con energía explosiva; llegó con una vibra suave, artística, casi terapéutica, de esas que desarman hasta al más tenso. Se sentía como cuando alguien entra a una habitación y, sin decir nada, ya sabes que trae calma.
Heisen tiene esa manera de hablar que no empuja, sino que te invita. Una voz tranquila, casi cinematográfica, que te hace bajar el ritmo interno y prestar atención con otro tipo de escucha. Mientras él caminaba por el escenario, noté que muchas personas —incluyéndome— estaban inclinándose ligeramente hacia adelante, como quien se acerca a un secreto.
Su charla no arrancó con cifras ni con tendencias; arrancó con una historia.
Una historia sobre propósito.
Sobre identidad.
Sobre ese “Nemo interno” que todos buscamos sin darnos cuenta.
Cuando mencionó Buscando a Nemo, no lo hizo como una simple referencia a una película infantil. Le dio un sentido profundo: así como los personajes buscan desesperadamente lo que sienten que falta, los emprendedores vivimos una búsqueda constante por algo que está dentro de nosotros y no fuera. Un propósito, un origen emocional, una razón más grande que el logo, el color o la tipografía.
Y ahí, en ese instante, el auditorio cambió de frecuencia.
Ya no estábamos escuchando “cómo hacer branding”.
Estábamos escuchando por qué hacemos lo que hacemos.
Hensey habló de la importancia de construir una marca con alma, con historia, con coherencia. De no caer en la trampa de crear “lo que venden otros” o “lo que está de moda”, sino de ahondar en nuestra propia esencia para que la marca sea un reflejo auténtico de quiénes somos. Su mensaje no era técnico; era emocional. Profundamente emocional.
Mencionó que lleva más de 20 años creando marcas, y aun así confesó que él mismo ha tenido que reinventarse muchas veces. Que no todo fluye siempre. Que existen miedos. Que existe desgaste. Que hay días en los que uno se desconecta del propósito sin darse cuenta. Escuchar a alguien con tanta trayectoria admitirlo tan abiertamente… eso tocó fibras.
Heisen logró algo curioso: convirtió el branding en un acto de introspección.
Mientras hablaba, muchos tenían esa mirada típica de quien está recordando por qué empezó un proyecto, qué lo motivó, qué lo movió en primer lugar.
No desde la motivación exagerada, sino desde un punto más íntimo, más honesto. Me hizo pensar en mi propio recorrido, en mi propósito detrás del SEO, del contenido, de mi agencia, de todo lo que construyo día a día. Me hizo recordar que detrás de cada decisión hay una historia, y detrás de cada historia, un porqué.
Cuando terminó, el auditorio no explotó en gritos: explotó en una calma densa, profunda, de esas que dejan reflexionando incluso cuando el siguiente speaker ya está a punto de subir.
Heisen no dio una charla.
Dio un paño de agua tibia al alma emprendedora.
Un recordatorio suave, pero contundente, de que ninguna marca crece hacia afuera si no se sostiene hacia adentro.
Vilma Núñez: claridad, estrategia y un baño de realidad digital
Cuando Vilma Núñez tomó el micrófono, la atmósfera cambió como si alguien hubiese encendido un reflector sobre la sala completa. No fue solo su presencia; fue su manera de sostener el escenario. Esa combinación de seguridad, claridad quirúrgica y visión estratégica que solo tienen quienes llevan años entendiendo hacia dónde se mueve el mundo digital antes de que los demás lo noten.
Su voz no buscaba motivar: buscaba despertar.
Y lo logró.
Desde el primer minuto dejó claro que hablar de inteligencia artificial ya no es hablar del futuro: es hablar del presente inmediato, del lenguaje profesional que todos —absolutamente todos— tendremos que dominar si queremos competir. Su visión era contundente: la IA no es una herramienta; es un idioma. Y quien no aprenda a hablarlo, quedará fuera de la conversación.
Mientras explicaba por qué herramientas como Claude han superado a ChatGPT en análisis de datos o cómo los CEOs de empresas que cotizan en bolsa están empujando transformaciones radicales para integrar IA en cada proceso, pude sentir el silencio del auditorio: un silencio de atención absoluta, casi de urgencia.
Habló de precios, de psicología del consumidor, de la importancia de crear comunidad, de segmentar objetivos en acciones pequeñas y sostenibles. Cada punto era una dosis de realidad directa al pecho. Nada de teorías abstractas. Nada de humo. Era marketing puro, sostenido por datos, procesos y estrategia.
A nivel personal hubo un momento muy claro para mí —uno que repetí mentalmente varias veces durante su intervención—:
Quien no se forme en IA está renunciando voluntariamente a su propio futuro profesional.
Y no lo pensaba desde el miedo, sino desde la claridad. Desde esa sensación de estar frente a alguien que entiende, profundamente, cómo los negocios están mutando y qué decisiones debemos tomar desde ya.
Vilma no solo habló de herramientas; habló de mentalidad.
De romper creencias limitantes.
De profesionalizar la marca personal.
De crear landings potentes, sistemas de testimonios, automatizaciones.
De construir negocios con estructura, no con impulsos.
Su intervención fue como abrir una ventana y que entre una ráfaga de aire frío: refrescante, necesaria y tan clara que era imposible ignorarla.
Cuando terminó, me quedé con esa mezcla entre inspiración y responsabilidad. Esa sensación de “tengo que aplicar esto hoy mismo”. Y sé que no fui el único.
Julián Díaz y la ciencia del contenido que sí funciona
Luego llegó Julián Díaz, y el ambiente volvió a transformarse. Tiene esa energía particular de los creadores auténticos: humor rápido, cero filtro y una frescura que hace que incluso los conceptos técnicos parezcan conversaciones de amigos en una mesa de café. Con solo un par de frases rompió cualquier tensión que quedaba en el auditorio.
Cuando subió, intentó cambiar la diapositiva con un control remoto que —para desgracia suya y risa del público— no tenía baterías. Ese pequeño momento espontáneo, lejos de incomodar, hizo que todos conectáramos aún más con él. Risas por toda la sala, una mirada cómplice del speaker y el típico comentario que solo alguien con tablas puede decir sin perder la compostura. Fue un arranque perfecto.
Una vez el tema se encarriló, Julián entró de lleno en lo que mejor domina: la estructura detrás del contenido que realmente funciona. No esas publicaciones al azar que muchos emprendedores hacen “cuando hay tiempo”, sino contenido diseñado con intención.
Y ahí fue cuando la cosa se puso buena.
Explicó que la inspiración no es copiar ni hacer covers de lo que otros hacen, sino observar, analizar y reinterpretar. Recalcó que lo que se ve fácil en redes no nace fácil: nace de un sistema.
Luego vino uno de los momentos más reveladores de su charla:
no todas las ideas sirven para lo mismo.
Dijo, casi riéndose, que a veces la gente se pregunta por qué un video no vende, cuando su naturaleza es solo para entretener.
O por qué un contenido que busca interacción no genera guardados.
O por qué un reel lleno de tips no llega a las visualizaciones que esperaban.
Y lo explicó tan claro que parecía obvio —pero no lo es:
¿Quieres visualizaciones? Humor relacionado con lo que haces.
¿Quieres compartidos? Contenido útil y digerible.
¿Quieres guardados? Tips prácticos y demostrables.
¿Quieres comentarios? Haz preguntas que duelan o generen opinión.
Fácil de entender. Difícil de ignorar.
Luego vino su metodología semanal, y ahí sentí que me estaba leyendo la mente.
Un día para idear.
Un día para grabar.
Un día para editar.
Un día para publicar.
Un día para descansar.
Y mientras lo decía, asentí sin pensarlo. Ese “asentir automático” que uno hace cuando encuentra una respuesta que llevaba tiempo buscando.
También compartió su famosa Ley 10-10-10 para desbloquear la creatividad:
10 minutos de silencio.
10 minutos consumiendo contenido NO relacionado.
10 minutos caminando o desconectándose.
Un reseteo creativo que, dicho por él, suena tan simple que provoca probarlo de inmediato.
Más adelante reveló su estructura para los videos que venden, una mini fórmula que varios estaban anotando con una velocidad impresionante:
Gancho que ataque un problema real.
Desarrollo de la solución.
Presentación del producto o servicio con sentido.
Llamado a la acción claro y directo.
Y ahí entendí algo: Julián no solo enseñaba cómo crear contenido, sino cómo dejar de sufrirlo.
Pero lo más icónico fue el momento incómodo: cuando quiso mostrar un video para Smirnoff y simplemente… no sonó. No aparecieron técnicos. No apareció nadie. El silencio se hizo pesado. Y aun así, él respiró, sonrió, y continuó con la charla como un profesional. Ese instante reveló más de él que cualquier diapositiva.
Cuando terminó, nos dejó con una mezcla entre claridad, inspiración y método. Porque eso fue su intervención: un puente entre la creatividad y la estructura. Entre el arte y la ciencia.
Y sí, salí de esa charla con la cabeza llena de ideas y la certeza de que crear contenido que funcione no es un misterio… es un proceso.
David Gómez: defender el valor a capa y espada
Y entonces llegó el cierre. Y con él, David Gómez.
El ambiente ya estaba cargado de ideas, aprendizajes y emociones acumuladas durante todo el día, pero lo que hizo David fue algo completamente distinto: tomó toda esa energía y la transformó en un mensaje final que no solo se escuchó… se sintió.
Desde que subió al escenario se notaba que traía una propuesta diferente. Tenía esa energía de quienes saben que el cierre no es para repetir lo ya dicho, sino para marcar un punto final que quede grabado. Y vaya si lo logró.
Su charla giró en torno a los negocios inmortales, a la importancia de diferenciarse, de dejar de competir por precio y empezar a competir por valor. Pero lo que realmente convirtió su intervención en algo memorable fue su manera de contarlo: cálida, directa, llena de humor fino, pero también cargada de esa contundencia que no deja espacio para excusas.
Y entonces… ocurrió.
De repente, sin previo aviso, apareció en el escenario vestido como un soldado romano.
Casco. Capa. Escudo.
El auditorio estalló en risas, sorpresa y aplausos. Era imposible no reaccionar. Pero detrás del humor había un mensaje profundo:
defiende tus diferenciales como un guerrero.
No regatees tu trabajo.
No te disculpes por cobrar lo que vale.
No permitas que quien no entiende tu valor te haga dudar de él.
Mientras avanzaba con su discurso, sentí que cada palabra estaba dirigida directamente hacia mí. No solo como consultor SEO, sino como emprendedor que ha vivido de cerca la parte cruda del mercado local: las comparaciones injustas, los clientes que dicen “eso es demasiado”, las personas que no entienden los procesos detrás de un servicio profesional y creen que todo es “solo contenido”.
David hablaba y yo asentía por dentro, como quien escucha una verdad que ya sabía, pero necesitaba que alguien la pronunciara en voz alta.
Me tocó.
Me impulsó.
Me recordó quién soy, lo que hago y por qué lo hago.
Pero la sorpresa no acabó ahí.
En un momento de la charla pidió que miráramos debajo de nuestras sillas. Y sí: había dos sobres escondidos en todo el auditorio. Quienes los encontrarán recibirían uno de sus libros como regalo.
Un gesto simple, pero tan creativo y tan característico de su estilo que terminó de sellar su presencia en el evento.
Su cierre fue más que una conferencia: fue una experiencia.
Divertida.
Visual.
Poderosa.
Y profundamente honesta.
El cierre: una ciudad lista para más
Cuando David terminó, el auditorio estalló en aplausos que parecían cargar el agradecimiento de todo un día. Pero después del ruido, llegó el silencio de cierre. Ese momento en el que la gente empieza a levantarse, a comentar en voz baja, a estirarse después de tantas horas, a recuperar el cuerpo después de tanto contenido.
Yo me quedé sentado unos segundos, observando.
A mi alrededor, veía personas riendo, tomándose selfies, enviando audios a familiares, compartiendo lo aprendido. Se notaba el cansancio, claro. Pero había algo más fuerte que el cansancio: había chispa.
Y no una chispa aislada.
Una chispa colectiva.
Una chispa de esas que indican que algo se movió dentro de todos.
Más de 2.148 personas reunidas en un mismo lugar para formarse en marketing, en ventas, en IA, en estrategia…
Eso, por sí solo, es un mensaje para la ciudad.
Cúcuta no solo está lista.
Está hambrienta.
Está despierta.
Está comenzando un ciclo completamente nuevo.
Mientras caminaba hacia la salida, escuchaba el eco de las conversaciones, el sonido de los pasos, la emoción disimulada de quienes sabían que acababan de vivir un día distinto. Y ahí, en ese caminar lento entre la multitud, me hice una promesa silenciosa:
Seguiré aportando, educando y construyendo desde lo digital.
Porque el futuro ya llegó.
Y Cúcuta merece ser parte de él.
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